La geografía del bienestar: Por qué y dónde elegí vivir en esta etapa de mi vida.

Por: Tele Figueroa

Fecha: 7 de Agosto de 2026

Introduccion.

Durante este episodio dorado que vivo actualmente, la nostalgia y el amor por la tierra que me vio nacer siguen intactos, pero la realidad impone prioridades que no se pueden ignorar. Con frecuencia escucho cuestionamientos de quienes no comprenden por qué decidí dar el paso de emigrar a los Estados Unidos a esta altura de mi vida. Me hablan de patriotismo y de arraigo, como si el amor por la patria se midiera por la cantidad de carencias que uno es capaz de soportar en el invierno de su existencia. Sin embargo, a mi edad, los sentimientos patrios no pueden sustituir las necesidades más elementales de un ser humano.

El Puerto Rico que dejé atrás duele profundamente. Se nos está yendo de las manos un país arropado por una rampante ola de criminalidad que roba la paz, atrapado en el colapso constante de los servicios esenciales de luz y agua, y con un sistema de salud desmantelado donde conseguir una cita médica o una atención de emergencia se ha convertido en una odisea de meses. Un año antes de retirarme en Puerto Rico, tuve un pequeño tras pie y me lastimé el hombro derecho. Luego de casi dos semanas luchando por conseguir un Ortopeda, no fue sino por medio de mi Fisiatra que logré que en el hospital de Guaynabo, me atendieran. Corregir la lesión ya era un poquito tarde, y hoy en dia sufro las consecuencias.

Vivir bajo la ansiedad de un apagón que comprometa la salud, o con el temor de la inseguridad en las calles, no es vida; es una resistencia diaria que ningún adulto mayor debería verse obligado a sostener tras haber trabajado y aportado al país durante mucho pero mucho tiempo.

A este dolor material se suma una profunda quiebra moral. La decencia, el respeto y el pudor que antes nos distinguían se han desplomado de unos años para acá, abriendo paso a una alarmante ola de chabacanería e inmoralidad que se tolera sin filtros. Desgarra el alma ver la impunidad rampante en los altos niveles del gobierno: somos testigos de un desfile constante de casos de corrupción gubernamental y, trágicamente, nunca pasa nada. Entonces vemos como otros quieren imitar ese comportamiento, unos con suerte y otros no. Ah, pero como no pasa nada, el riesgo valió la pena. Y encima de eso, es preciso ver como le están entregando los activos de nuestra isla a grandes corporaciones e inversionistas extranjeros, y aquí…otra vez,…no pasó nada!

Pero lo que más me alarma y me preocupa por nuestra juventud es cómo las propias autoridades permiten y auspician la degradación cultural. Es indignante ver cómo se le da luz verde a un negocio que raya en lo pornográfico, promoviendo propuestas comerciales que van en directo detrimento y degradación de la dignidad de la mujer. Lo peor es que las instituciones permiten que esa basura sea trasladada a nuestros teatros, fiestas patronales y festivales de pueblo, espacios que antes eran sagrados para la familia y la sana convivencia. Y para colmo, le permitieron abrir un local de sus vulgares “productos” en el área metropolitana de San Juan.

¿Quería yo permanecer cerca de un entorno que normaliza semejante decadencia? No. Ni yo, ni mis hijos, ni mis nietos merecemos exponernos a eso. La juventud necesita referentes de integridad, no espectáculos vulgares auspiciados por la negligencia oficial.

Por eso elegí la calidad de vida. Elegí el derecho a dormir con tranquilidad, a tener servicios médicos confiables a mi alcance y a respirar en un entorno seguro y ordenado. No busqué riquezas, busqué dignidad. Ante la pregunta de si hice bien en dejar la isla, no me guardo la respuesta: grito a los cuatro vientos que hice bien y que nunca me arrepentiré. Hoy, cobijado por el apoyo y el amor de mis hijos, puedo decir con certeza que lo estoy logrando. La patria se lleva en el corazón y en la memoria, pero el bienestar físico y emocional del día a día, al lado de los seres queridos, es el verdadero significado de vivir con plenitud y calidad de vida aceptable.

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