
Por: Tele Figueroa
Fecha: 29 de Julio de 2026
Hay días que empiezan de lo más tranquilos, hasta que el destino decide proyectar una película de terror en pleno horario laboral.
El escenario: el negocio de una amiga en San Antonio. Las protagonistas: un grupo de chicas trabajando tranquilamente. El villano de la película: un animal parecido a un roedor, gris, peludo y sigiloso que decidió colarse sin pagar entrada ni pedir permiso.
El drama comenzó con la primera mirada rápida. En cuestiones de segundos, el cerebro de las chicas hizo la suma matemática del pánico: pelaje gris + cola o rabo larga + intruso en el piso = ¡UNA RATA GIGANTE!
Los gritos no se hicieron esperar. Si alguien hubiera estado afuera grabando el audio, habría jurado que Frankenstein acababa de derribar la puerta con una antorcha en la mano. Las pobres chicas brincaron como si el suelo estuviera en llamas, buscando refugio mientras la “terrible criatura” continuaba su avance triunfal.
Fue ahí donde me tocó entrar en escena como el experto en vida silvestre de la jornada.
Me acerqué al “monstruo” para evaluar la situación. Al mirar de cerca, noté algo crucial: nada de actitud agresiva ni cara de roedor de alcantarilla. Lo que había allí era un hocico alargado, bastante puntiagudo, una carita pálida y unos ojos de susto que decían claramente: «Por favor, apaguen los altavoces, que el asustado aquí soy yo».
—Tranquilas —les dije, tratando de apaciguar el coro de voces—: Esto no es ninguna rata gigante. Me parece que es una zarigüeya… un oposum.
El cambio de diagnóstico fue milagroso. Bastó aclarar la anatomía del visitante para que los decibelios de los gritos bajaran drásticamente del nivel “película de Hollywood” al nivel “asunto bajo control”.
Resultó ser una criatura de lo más noble y mansita. Fiel a la reputación de su especie, la famosa zarigüeya prácticamente colaboró con su propio arresto. No dio batalla, no lanzó dentelladas ni intentó dramatizar más de la cuenta; simplemente se dejó atrapar y acompañar cordialmente hasta la salida, como quien escolta a un cliente despistado que entró por la puerta equivocada.
Al final, la “superrata” regresó a la naturaleza intacta, el negocio recuperó la paz y las chicas sobrevivieron al susto del mes.
A veces la naturaleza nos manda sorpresas inesperadas. Y aunque por un minuto parezca el ataque de una fiera indomable, casi siempre se trata solo de un pobre animalito buscando una esquina tranquila… y regalándonos, de paso, una historia genial para contar.
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