El Peso del “Compromise”: El Arte de Emigrar y el Dilema del Regreso

Por: Tele Figueroa

Fecha: 11 de Julio de 2026

Luego de leer un artículo reciente en Facebook escrito por alguien que se hace llamar “El papito reportero”, me quedé pensando profundamente. En su texto, él explicaba conmovido cómo esta persona decidió dejar una casa hermosa y un patio espectacular en Ocala, Florida, para regresar a Puerto Rico. Su razón era simple, pero de esas que calan hondo: «¿De qué vale todo eso si se vive tan solo? La soledad jode». Contaba cómo pasaba las Navidades viendo la televisión para acostarse a las siete de la noche en total aislamiento. Hoy, de vuelta en la isla, celebrando su Seguro Social frente a la playa con su esposa, unos sándwiches de mezcla y pana con bacalao, concluye emocionado: «Ahora me siento vivo… calor humano a mi alrededor».

Este testimonio, impregnado de una emoción pura y nostálgica, no es una crítica aislada; es la radiografía viva de una realidad que afecta a miles de compatriotas. Tras analizar su vivencia, concluyo que es mucho más fácil irse a vivir fuera de Puerto Rico cuando uno es joven o un poquito “más madurito”, que cuando se está cerca de la llamada tercera edad. La regla general de muchos de nuestros compañeros que se trasladan fuera de nuestro terruño es vivir en los Estados Unidos, aunque igual podría ser España, cualquier país de Europa o Sudamérica. ¡A fin de cuentas, el choque de fondo es el mismo!

El Contrato Invisible: El Verdadero “Compromise”

Hay algo que no visualizamos adecuadamente, o que aun sabiéndolo ignoramos al dar ese “brinco” de país: toda mudanza, incluso dentro del mismo Puerto Rico, tiene consecuencias. Y no piensen que al decir “consecuencias” me refiero a algo del todo malo; para nada. Emigrar es, como dicen los estadounidenses, un verdadero “compromise”. No importa el lugar elegido, tienes que sacrificar una parte de lo tuyo y reconocer, antes de abordar el avión, que jamás —pero jamás— será igual. Si no se hace ese ejercicio mental y emocional, se es candidato firme a regresar en menos de lo que se espera; muchas veces después de haber vendido propiedades y haber gastado una suma considerable de dinero en la aventura.

Cuando se es joven, uno corre detrás de la producción, el dinero y el futuro de los hijos; el sacrificio se aguanta mejor porque el día a día te mantiene en movimiento. Pero al acercarse a la tercera edad, las prioridades cambian drásticamente: la calidad de vida ya no se mide en los carriles de la avenida, sino en las redes de afecto.

Es innegable que el norte ofrece grandes ventajas. Miren, aquí donde yo vivo hay médicos por doquier (creo que hasta conduciendo Uber), un dentista en cada esquina, oficinas abiertas hasta tarde e inclusive los sábados y domingos. Mucha gente llama a eso “buena calidad de vida”, y yo también lo reconozco: es un alivio tremendo si te duele algo y tienes un Urgent Care Office a la vuelta de la esquina. Contamos con supermercados que venden hasta automóviles, parques comunitarios preciosos donde pasar horas con la naturaleza es un oasis, espectáculos de todo tipo, deportes y, en general, excelentes carreteras.

Qué bonito parece todo, ¿verdad? Pero entonces, ¿cuál es el dichoso “compromise” del que les hablé frente a tanta belleza?

La Otra Cara de la Moneda

La realidad es que, si no estás a gusto y no pones de tu parte, no hay disfrute posible y te vas a regresar. ¿Es eso malo? Pues seguro que no… y que sí. Nuestra tranquilidad va por encima de lujos y comodidades. El gran dilema surge cuando ponemos en la balanza la eficiencia de la infraestructura frente a la calidez comunitaria, obligándonos a mirar detalles cotidianos que pocos advierten antes de mudarse:

  • El idioma y los costos: Mucha gente se consuela diciendo: “Aquí un galón de leche cuesta menos de tres dólares y en PR cuesta casi siete”. ¡Ay, bendito! Eso quizás sea de lo poquito barato que queda por acá.
  • La distancia social: Tus vecinos, por lo general, no son muy “melosos”, cariñosos ni expresivos. Olvídate de aparecerte en su casa a visitarlos sin haber avisado antes y recibir su visto bueno explícito.
  • El aislamiento geográfico: Intentar hacer amistades es vital, pero si viven en tu misma ciudad, un viaje para visitarlos puede tomarte de una a dos horas de camino. Incluso el entretenimiento básico es un lujo de consideración: ir a un juego de baloncesto, football o béisbol te cuesta fácilmente no menos de $200.00.
  • Un entorno diferente: En un parquecito cercano, que tiene una quebrada preciosa y al que yo iba con frecuencia a caminar, tuve que dejar de asistir tras leer varios letreros que advertían: “En días lluviosos favor de estar pendientes a cocodrilos que saben salir de la quebrada”. Asimismo, las normas culturales son estrictas: a niños pequeños de personas extrañas ni se te ocurra tocarlos para mostrar afecto o cortesía, porque puedes terminar bajo arresto.
  • El clima extremo: Aquí en Texas, lo más cerca que está comparar el calor durante los meses de julio, agosto y septiembre… ¡es una cremación! 😂

La Encrucijada Final: ¿Te Quedas Acá o Te Regresas?

Esto no es solamente una opinión; es un relato con pruebas bien mías de lo que le sucede a todos nuestros amigos que van y vienen. Al final del camino, la respuesta a si debemos quedarnos o regresar no es en blanco y negro. Depende estrictamente de dónde sopese más la balanza en esta etapa de la vida.

Por un lado, el argumento para “quedarse acá” es poderoso si tu infraestructura familiar cambió: ¿Qué sucede si toda tu familia ya está fuera de Puerto Rico también? Si tus hijos y nietos están cerca, ellos se convierten en tu verdadero terruño, aportando el calor humano necesario para mitigar la frialdad de los vecinos o el rigor del clima texano, disfrutando además de un sistema médico de primer orden indispensable para la tranquilidad diaria.

Por otro lado, “regresar” significa buscar la reconexión con esa vida comunitaria donde el vecino te saluda por tu nombre, donde la playa está cerca cualquier día de la semana y donde no hace falta una cita previa para tomarse un café en el balcón de alguien, asumiendo, claro está, el compromise de lidiar nuevamente con las carencias del sistema que ya conocemos.

Emigrar es un contrato invisible de renuncias. Lo importante no es cuál opción elijas, sino asegurarte de hacer el ejercicio consciente antes de dar el salto. Solo así, sabiendo exactamente qué se sacrifica y qué se gana, se puede vivir con la sabiduría y la paz de quien es dueño absoluto de su propio destino.

¿Y tú qué opinas? ¿Pesa más la seguridad de la infraestructura o el calor del terruño? ¿Te quedas allá o te regresas?

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