Por: Tele Figueroa
Fecha: 3 de Julio de 2026

Todos conocemos la frase «correr como gallina sin cabeza». Pero a mis diez años, decidí que era una excelente idea convertir esa metáfora en una realidad biológica.
Mi mamá estaba en el patio, preparando la cena. Yo, queriendo demostrar que ya era todo un hombrecito, le pedí con total confianza que me dejara encargarme. El plan era simple: un tirón seco, preciso y rápido para desnucar al animal. Algo limpio, humano y profesional.
Pero en lugar de eso, invoqué el espíritu de un superhéroe y jalé con la fuerza de mil soles.
Pop.
En un segundo, la escena pasó de ser un domingo familiar a convertirse en una película de Quentin Tarantino. Solo faltó la música de los setenta de fondo. Ahí estaba yo, congelado como una estatua de Pulp Fiction: la cabeza de la gallina en mi mano izquierda y el resto del cuerpo en la derecha. Logré una separación absoluta de la iglesia y el estado.
La cara de mi mamá era una mezcla de shock y la realización de que estaba criando a un verdugo involuntario. De más está decir que me prohibieron volver a la cocina por los siguientes cinco años. Tarantino estaría orgulloso; mi mamá, no tanto.
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