
Muchas personas se olvidan o no reconocen cuáles son nuestros derechos y tareas que componen esa dinámica llamada trabajo. Me voy a circunscribir específicamente a mi trabajo y los pocos incidentes que tuve en èl. En sentido general a ti te contratan para que hagas unas labores específicas y que el que te contrata mediante una entrevista concluye que eres el candidato.
Pero algunos olvidan que tú escogiste ese trabajo porque esperas que lo que el patrono pide, ofrece lo va a cumplir. Es decir, tú tienes una obligación con tu patrono y tu patrono tiene una obligación contigo. En definitiva aunque firmas un solo contrato, realmente son dos.
Cómo nos damos cuenta de que ambas partes están cumpliendo lo prometido? Desgraciadamente únicamente se ve la famosa evaluación que tu empleador te realiza anualmente y en donde enumera las alternativas buenas o malas que ha visto, en general vista desde sus gradas.
Y donde está nuestra evaluación hacia nuestro patrono? En el limbo. Razón?…no nos atrevemos. Inclusive, sabiendo que estamos en todo nuestro derecho de no estar de acuerdo con nuestros supervisores en muchas cosas, lo aceptamos sin chistar por la única razón de que es el jefe y se puede ofender. Olvidamos que para eso nos contrataron; para resolver problemas y para diferir y resolverlo de manera profesional.
No dar opiniones sino mas bien argumentar con pruebas y elementos de juicio e investigativos que sustenten nuestras alegaciones.Cometemos el grave error de opinar y ahí radica nuestra falla. Al no poderlo justificar, quedamos muy mal ante nuestros superiores. Las opiniónes son como el ombligo…todos tenemos uno pero distinto. Son vanas, y expresan solo un gusto. En nuestro trabajo tiene que ser por el libro.
Tuve la dicha de tener a uno de los mejores supervisores de mi carrera, Rafael Quiles. Sus evaluaciones anuales eran impecables y específicas, en gran parte porque nos hacía mini-evaluaciones cada cuatro meses; cuando llegaba la del año, no había espacio para la duda. En una de esas reuniones, Rafael me dio un consejo que me marcó: “Tele, tienes que aprender a decir que no cuando la situación lo amerite. Parece difícil, pero el secreto es saberlo decir”.
¡Y qué gran verdad! Saber decir que no, de forma profesional y con argumentos, es casi tema para un libro, pero es la clave de todo.
Aplicando esa escuela, si yo no estaba de acuerdo con un supervisor, se lo expresaba, pero iba con todas las pruebas y justificaciones necesarias. Nunca perdí una y me gané su respeto.
En mi caso particular si no estaba de acuerdo con mi supervisor, se lo expresaba e iba con todas las pruebas y justificaciones necesarias. Nunca perdí una y me gané su respeto.
Ah, y el día que me llamaban para evaluarme, cuestionaba y pedía pruebas de aquellas que yo no estaba de acuerdo y no firmaba hasta tener dicha contestación. No saben ustedes las caras largas que observé cuando pedía prueba de ello.
Y cuando mostraba mi evaluación hacia mi trabajo y mi supervisor, la cara de sorpresa y rencor era notable a una milla de distancia.
En definitiva, la famosa “evaluación” no debería ser un monólogo del jefe desde sus gradas. El verdadero Team Work se demuestra ahí: escuchando con interés genuino las opiniones encontradas, y teniendo la madurez …como me enseñó Quiles…de saber decir que no cuando la situación lo amerite. No aceptemos un “sí, sí y sí” por temor a ofender. Dejemos de opinar a la ligera y empecemos a argumentar con pruebas; esa es la única forma de ganarse el respeto mutuo. Los derechos no se pierden por usarlos, se pierden por olvido o por silencio.
Y como les prometí, el cómo reaccionaban otros superiores menos comprensivos cuando les ponía mi propia evaluación sobre la mesa… eso se los cuento en la próxima crónica.
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