El “moho” del tiempo: una herencia de mamá Fonsa y un rugido de leopardo

Por: Tele Figueroa

9 de Junio de 2026

¡Qué tiempos aquellos!

Hay tardes en las que el presente se toma un descanso y me da por viajar al pasado. En esos viajes, la parada obligatoria siempre es en la casa de mi queridísima abuela materna, mamá Fonsa. Me fascinaba sentarme a conversar con ella; era una enciclopedia viva de historias interesantísimas, de esas que hoy ya no se consiguen en ninguna librería ni en ninguna búsqueda de internet.

Mamá Fonsa fue un roble legendario: falleció a la asombrosa edad de 109 años. Es decir, cruzó tres siglos de historia. Se fue de este mundo con una lucidez envidiable y con una cabellera que, aún en sus últimos inviernos, se resistía a ser totalmente plateada; era una hermosa mezcla de hilos blancos con algunos mechones negros que caprichosamente conservaban su color original.

Sentarse con ella era mejor que ver un documental. Todavía recuerdo cómo se emocionaba al relatarme lo que guardaba en su memoria sobre la invasión norteamericana a Puerto Rico en 1898. Nos contaba que, siendo ella una jovencita, aquello le causaba muchísimo miedo, pero que, mirándolo bien con el paso de los años… y con una picardía que nunca perdió…, admitía entre risas que esos soldados “eran hombres muy elegantes”.

A mamá Fonsa la recuerdo con esa nitidez. Recuerdo sus gestos, su sabiduría pausada y, de manera muy especial, unas pequeñas manchitas oscuras que el almanaque le había ido dibujando en los brazos.

Como yo siempre he sido un observador “preocupado” (y un tanto travieso), un día la miré fijamente y le solté mi diagnóstico médico-casero:

“Mamá Fonsa, ¡cuidado! Te está dando ‘moho’ en los brazos. Andas con eso porque seguro no te los secas bien al bañarte”.

Para ella, aquel disparate de su nieto era el chiste más gracioso del mundo. Se reía con ganas, a carcajadas, contagiando a todo el que estuviera cerca. Su risa era el mejor premio para mi ocurrencia.

La teoría de la “oxidación cutánea”

Los años no caminan, corren. Y el destino, que tiene un sentido del humor bastante peculiar, se ha encargado de pasarme la factura de aquella advertencia infantil.

¿Pues saben ustedes qué? Que el “moho” me está dando a mí también.

Al mirarme los brazos el otro día, descubrí que he heredado la misma colección de manchitas de mi abuela. Claro que, para darle un toque más científico y elegante a la situación…acorde con los tiempos modernos…, yo he decidido bautizar pedagógicamente a este proceso como “oxidación cutánea”. Suena mucho más sofisticado que decir que uno se está poniendo viejo, ¿no creen?

Como buen ingeniero de mi propia salud, inmediatamente armé un plan de contingencia. He iniciado una rigurosa campaña de resistencia para combatir el óxido. Ahora voy por los pasillos del supermercado con el ojo clínico bien entrenado, buscando cualquier frasco, caja o botella que tenga ese pequeño pero prometedor anuncio que lee: “Producto Antioxidante”.

Me lo tomo en serio. He probado jugos, suplementos y cuanta pócima milagrosa promete detener el avance del tiempo. Debo ser honesto con mis lectores: no me ha funcionado aún. El “moho” sigue ahí, firme, como testigo de las décadas vividas. Sin embargo, no pierdo la fe; creo que es solo una cuestión de tiempo y de ajustar la dosis.

Mientras tanto, sigo aquí con mis famosos “spots”. A decir verdad, ya me está entrando un nuevo temor: me da miedo que un día de estos un niño me mire fijamente en la calle, se confunda al ver tanta mancha y salga corriendo gritando que ha visto a un leopardo suelto.

Por si acaso, iré practicando el rugido. Pero más allá de las bromas, cada vez que me miro el brazo, no veo vejez; lo que veo es la sonrisa de mamá Fonsa reflejada en mi propia piel. Y ese recuerdo es el mejor antioxidante que existe.

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