
Por: Tele Figueroa
7 de Junio de 2026
Introducción
Hay frases que se nos pegan al alma y las decimos en automático sin ponernos a pensar de dónde salieron. Si eres de Puerto Rico, y más aún si tienes raíces en la Ciudad Señorial, seguro que has usado o escuchado el famoso decir: “Iba a las millas de chaflán”.
¿Pero te has preguntado alguna vez qué rayos es un chaflán y por qué en Ponce nos dio con correr a través de ellos? Hoy vamos a meter el embrague, bajar la velocidad en la esquina y desmenuzar esta joya de nuestra cultura ponceña.
De Cataluña a la Perla del Sur
Para entender la frase, primero hay que mirar las esquinas de nuestro casco urbano. Ponce es, por excelencia, la Ciudad de los Chaflanes.
Todo comenzó en 1869, cuando a un ingeniero catalán llamado Félix Vidal D’Ors se le ocurrió una brillante idea. España había emitido una Real Orden en 1867 exigiendo un plan de ordenamiento urbano para sus municipios en ultramar. Vidal D’Ors, inspirado en la arquitectura de su tierra natal, decidió que Ponce no tendría esquinas comunes y corrientes en forma de cruz afilada. En su lugar, cortó esas esquinas en línea diagonal, creando los primeros chaflanes del patio.

Décadas más tarde, en 1907, otro gran ingeniero (este nacido en Hormigueros pero ponceño de corazón por su obra), Blas Silva Boucher, impulsó una legislación municipal para proteger estos diseños y seguir extendiéndolos por todo el casco urbano. Silva Boucher nos dejó un legado arquitectónico espectacular, siendo el responsable de joyas achaflanadas que todavía engalanan a Ponce, como la Casa Candal-Salazar, la Casa Aurelia Alonso y la Casa Joaquín Armstrong.
El Secreto Detrás del Viraje: Caballos y Volantes

Ahora, vamos al grano: ¿por qué esto cambió la forma en que manejamos (o corremos)?
En el siglo XIX, el transporte rey eran los coches de caballos. Si has guiado alguna vez un carruaje…o simplemente observas la física de la calle…sabes que dar una curva cerrada de noventa grados a cierta velocidad es una invitación al desastre. El chaflán, al “suavizar” la esquina, le daba a los cocheros el espacio perfecto para virar con soltura.
Cuando llegaron los primeros automóviles a principios del siglo XX, la ventaja fue aún mayor. Nuestra querida historiadora ponceña, Socorro Girón, lo resumió de manera magistral:

“Es para ese tiempo [1916] que surge el decir ‘correr a las millas de chaflán’ para que un corredor no tenga que reducir la velocidad en la esquina, pues el chaflán le ayuda a mejor ver la otra calle y a alguien que venga por ella.”
En pocas palabras: el chaflán te abría el campo visual y te permitía tomar la curva “vuelo aletao” y sin frenar tanto. De ahí que, cuando alguien va bien de prisa por la vida, decimos que va a las millas de chaflán.


Tres Joyas que el Tiempo no Pudo Borrar
Si caminas hoy por el casco urbano de Ponce, no tienes que imaginarte cómo lucían estas estructuras; las puedes ver en todo su esplendor, pues son verdaderos monumentos de nuestra identidad:

- La Casa Salazar-Candal (El Museo de la Historia de Ponce): Ubicada en la esquina de las calles Isabel y Mayor Cantera, esta joya de 1911 diseñada por Silva Boucher es, probablemente, el ejemplo más famoso de nuestra arquitectura achaflanada. Su fachada es un banquete visual que mezcla el neoclasicismo con detalles del Art Nouveau. Hoy día alberga el Museo de la Historia de Ponce. Si entras, verás techos altos de lata repujada, vitrales de inspiración morisca con arcos lobulados y unas puertas de persiana bellísimas que desafían el calor ponceño. Su esquina cortada en diagonal es una obra de arte.

- La Residencia Armstrong-Poventud (Casa de las Cariátides): Justo frente a la Plaza Muñoz Rivera, esta impresionante casona de 1899 (diseñada originalmente por Manuel V. Domenech, pero parte del mismo movimiento que definió el estilo de la época) es famosa por las majestuosas figuras esculpidas…las cariátides…que adornan su fachada. Su imponente entrada achaflanada mira de frente a la plaza, recordándonos la elegancia y la riqueza del Ponce de fin de siglo. Actualmente es administrada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

- La Casa Aurelia Alonso (La mítica “Casa Azul”): Situada en la calle Salud, esta residencia es un testimonio vivo del modernismo ponceño. Su apodo no es casualidad: su llamativa fachada azul resalta inmediatamente al ojo del transeúnte. La forma en que Silva Boucher integró el chaflán en esta esquina residencial demuestra que la utilidad técnica de suavizar la curva no estaba reñida, para nada, con la belleza estética más refinada.
Ver estas casas hoy es viajar en el tiempo. Son el recuerdo físico de una época en que los ingenieros ponceños no solo construían paredes, sino que esculpían la personalidad de todo un pueblo.
Pero en Arroz y Habichuelas… ¿Qué es Técnicamente un Chaflán?
Ya vimos su historia en las calles, pero el término viene de la geometría y el diseño. Si unos ponemos el sombrero técnico, la definición es sencilla: un chaflán es el corte diagonal que se le da a una esquina o borde afilado para convertirlo en una superficie plana y suavizada.
A menudo la gente se confunde con la terminología de los acabados de cantos (o bordes), así que vamos a aclararlo de una vez por todas:
- El Chaflán: Es un corte plano a 45 grados que elimina el filo. Lo ves en las aceras, en los topes de las mesas de madera y, claro, en las esquinas de los edificios ponceños.
- El Bisel: Es muy parecido, pero no se limita a un ángulo específico; cualquier corte inclinado en un borde es un bisel.
- El Redondeo (o filete): En vez de un corte plano y seco, aquí la esquina se lija en forma curva, como el borde de un plato o el contorno de un radio antiguo.

¿Para qué se inventaron? No solo por estética. En el mundo de la manufactura y la construcción, eliminar los cantos vivos y afilados reduce el riesgo de que la pieza se rompa, facilita el ensamblaje, permite preparar mejor las soldaduras y, lo más importante, evita que uno se corte al pasarle la mano.
Así que ya lo sabes. La próxima vez que vayas ajorado, a toda prisa y a las millas por ahí, acuérdate de Vidal D’Ors, de Silva Boucher y de los coches de caballos que obligaron a Ponce a cortar sus esquinas para que el pueblo pudiera virar con elegancia.


¡Nos leemos en la próxima esquina!
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