Crónica de por qué no me da la gana de callarme y escribo mis anécdotas.

Por: Tele Figueroa

16 de Mayo de 2026

Hace unos días, un buen amigo, me miró de reojo, soltó una de esas preguntas, que al parecer son genuinas, pero que uno sabe cual es la intención detras de ellas, que intentan ser discretas, pero para nada y me la soltó así, “Tele, ¿por qué te estás dedicando ahora tanto a leer y a escribir? ¿Es que la soledad no te brinda lo que tú quieres o es un simple modo de escapar?”. Yo no recuerdo que tu hacías eso antes.’”

Le contesté con una sonrisa, por supuesto, pero le dejé bien claro quién fui y quién soy.

A ver, muchachos, vamos a aclararle el panorama a la fanaticada. El retiro no quiere decir que me voy a confinar intelectualmente. No significa que mi vida se va a limitar a las caminatas mañaneras, a arreglar el jardín o a sentarme todo el día frente a mis equipos de radio. Yo convivo e interactúo con mi familia, que es grande; hablo con mis nietos varias veces al día. Pero cuando llega ese momento de soledad , que quizás son solo unas pocas horas, mi solución y mi disfrute son mis lecturas y mis escritos.

A veces, lo admito, pierdo el hilo en una conversación. Algunos se ríen, otros me aclaran. Sepan que a mi edad es algo perfectamente natural. Aunque, si vamos a ser honestos, conozco a unos cuantos jóvenes que pierden el hilo muchísimo más rápido que yo por estar sumergidos de cabeza en ese aparatito llamado teléfono celular. El escribir me permite aclarar la mente, darle fuerzas y, de paso, es una forma muy eficaz de plasmar una idea antes de que se me vaya el hilo.

Primero, hablemos de esa palabra que a muchos les asusta tanto: la soledad. A estas alturas del partido, después de haber corrido tantas bases y haber dirigido tantas operaciones en la vida, la soledad no es un castigo, ni un vacío, ni una habitación oscura. Para mí, la soledad es un taller de alta precisión. Es el único lugar donde hay suficiente silencio para escuchar los cables del pensamiento sin interferencias, sin el “ruido estático” de la prisa cotidiana.

Cuando me siento a leer, no estoy solo. Estoy conversando con mentes brillantes de otras épocas, repasando la historia, analizando partituras de boleros o jugadas de béisbol de hace cincuenta años. Y cuando me siento frente a la pantalla a teclear en mi blog, lo que hago es abrir las ventanas. Escribo para ordenar el rompecabezas de las vivencias, para rendir homenaje a los recuerdos que valen la pena y para compartir con mis amigos, y con mis viejos robles de la radio, un poquito de la experiencia acumulada.

¿Escapar? ¡Al contrario! El que lee y el que escribe no está huyendo de nada; está entrando de lleno en el único territorio donde todavía somos los capitanes absolutos: nuestra mente y nuestra memoria.

Escribo porque todavía tengo mucho que decir, y leo porque el mundo sigue siendo demasiado grande como para creerme que ya lo sé todo.

Los jóvenes, en su ímpetu, tienen mucha velocidad (cosa que para nosotros ya pasó), pero les aseguro que donde yo piso, piso firme. A veces los oyes hablar de algún problema o de un disparate que les ha sucedido, y no te preguntan nada porque te consideran “antiguo”. Lo que no saben es que nosotros ya pasamos por mil variaciones de ese mismo disparate que ellos hoy no saben cómo resolver.

En la antigüedad se le daba mucha importancia a los adultos mayores. Parece que ahora Facebook, TikTok e Instagram les han enseñado que ellos lo saben todo y que nosotros somos piezas de colección en peligro de extinción. Yo les digo una cosa: puede que nosotros no sepamos cómo bailar en TikTok o cantar las canciones de Bad Bunny, pero sabemos distinguir perfectamente una tontería disfrazada de novedad juvenil.

Y si uso estas redes sociales y mantengo mi blog es porque ya me cuesta un poco de trabajo ir a la plaza pública a conversar con los amigos. Las plataformas digitales se han convertido en mi nueva tarima, en ese banco de la plaza donde antes nos sentábamos a arreglar el mundo.

No tengo ninguna intención de dejar mis aventuras, mis conocimientos y mis vivencias encerrados en un baúl lleno de polvo e insectos. Lo saco a la luz porque, aunque algunos no lo crean, hay muchísimas personas que lo disfrutan y aprenden de ello. No me da la gana de callarme.

Estas canas que llevo no son pintura blanca que me cayó de un tercer piso, ni nieve de mi último viaje a los Alpes suizos. No señor. Están hechas con esfuerzo, valentía y sacrificio. Por eso hago lo que hago. Claro que no estoy seguro de todo todo el tiempo; eso de creérselas todas son acciones de la juventud, y yo ya pasé por ahí.

Así que, la próxima vez que me vean con un libro entre las manos o concentrado redactando una nueva crónica, o ustedes leyéndola, no busquen el refugio de un jubilado aburrido. Lo que están viendo es a un hombre que ha decidido que el tiempo libre es demasiado sagrado como para gastarlo viendo pasar las horas en un sillón, viendo la TV o cualquier otra bobada.

Aquí seguiré, si Dios quiere, con mis crónicas, con mis pequeños olvidos, con mi cabello blanco, con mis arrugas y con mi tobillo que de vez en cuando me dice “ay, ay”. No me voy a rendir ante el tiempo. Seguiré aportando a mi familia, a mis amigos, y a los no tan amigos y, sobre todo, aportándome mucho a mí mismo.

Así que, mi querido compatriota, puedes guardarte la sonrisita burlona… ¡o buscarte un buen libro y aprender algo!

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