Sábados a las 8:30 de la noche – El Amor de toda su Vida.

Por: Tele Figueroa

4 de Mayo de 2026

Acabo de leer un artículo, en Facebook, de la autoría de Ankor Inclán, sobre un señor llamado Don Eleodoro …nombre que, curiosamente, no está tan lejos de parecerse a Don Telesforo. Don Eleodoro tenía 87 años y todos los jueves, a las cinco de la tarde, se sentaba en el mismo banco de la plaza de su pueblo.

Siempre iba impecablemente vestido: camisa blanca, pulcra, planchada a la perfección. Se sentaba erguido, con la mirada larga y fija hacia el frente, casi sin moverla. Permanecía allí un buen rato y luego regresaba, en silencio, a su residencia. Vivía solo. No tuvo hijos. Su esposa había fallecido años atrás.

Al morir, dejó una nota que explicaba todo:
ese banco, ese día, esa hora …las cinco de la tarde… fue donde conoció al amor de su vida. Y en honor a ella, decidió regresar todos los jueves, a la misma hora, al mismo banco.

La historia es hermosa. Emotiva. Y, sobre todo, real. Refleja un sentimiento que muchos experimentan cuando pierden a su compañero o compañera de vida.

Al leerla, inevitablemente me llevó a un recuerdo muy similar que vivimos mi esposa y yo, hace ya unos veinte años.

Todos los sábados, a las 6:30 de la tarde, asistíamos a misa en la iglesia La Providencia, cerca del Señorial, en Cupey. Al terminar, nos íbamos de “window shopping” a Plaza Las Américas. Y cerca de la hora de cierre del mall, alrededor de las 8:30 de la noche, hacíamos nuestra última parada: un restaurante de comida rápida, ubicado cerca de una de las salidas.

Pedíamos un mantecado cada uno y nos sentábamos estratégicamente de frente a la puerta de salida. En una mesa cercana, sábado tras sábado, veíamos a una señora muy elegantemente vestida, de unos setenta años, quizás. Siempre en la misma mesa. Siempre con la mirada fija hacia la puerta de entrada y salida. Solo la apartaba para llevar la cuchara a la boca y saborear su mantecado.

Un sábado, el restaurante estaba más lleno de lo usual y tuvimos que sentarnos en la mesa que ella solía ocupar. Minutos después, la vimos entrar. Pidió su mantecado, como siempre. Caminó lentamente hacia nosotros y, con una voz dulce, una sonrisa tierna y una mirada serena, nos preguntó:

…¿No les molesto si me siento aquí con ustedes?

…Claro que no …le respondí de inmediato…. Al contrario, sería un honor.

Le acomodé la silla y nos dio las gracias. Apenas habló mientras saboreaba su mantecado de chocolate. Ese detalle no lo he olvidado.

Unos minutos después, rompió el silencio:

…Perdonen que les haya pedido sentarme con ustedes… pero en esta misma mesa, a esta misma hora, todos los sábados, mi esposo y yo veníamos a comernos un mantecado. Él falleció hace un año… y venir aquí, quedarme un rato, revivir esos momentos, me regala un poco de alegría… de esa que tanta falta me hace.

Me ganó la emoción. Ella lo notó enseguida.

…Ay, no …dijo…, perdónenme. No quiero ponerlos tristes con mi historia.
Luego añadió, con una sabiduría que solo dan los años y las pérdidas:
…Ustedes son jóvenes. La vida es así. Disfruten los buenos momentos. Vivan felices.

Ahí fue cuando más su historia me conmovió profundamente y mi tristeza se me hizo más grande.

Y mientras hoy escribo esta anécdota, me siento exactamente igual que aquella noche:
un sábado, a las 8:30,
en la misma mesa,
en nuestro restaurante favorito,
entendiendo ,quizás por primera vez,-
que el amor verdadero no se va…
solo cambia de forma.

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