La soledad y la importancia de conservar nuestras amistades

Por: Tele Figueroa

27 de Abril de 2026

Dedico este escrito a mi querida hermana, Eloísa, Sija, con quien tantas veces conversé e intercambié ideas sobre este tema. Su frase resume esta realidad con una sabiduría que duele: “Junior, una cosa es entender que esto es un proceso de vida y otra es vivir la soledad en carne propia”.

Introducción:

Con el paso de los años, te habrás dado cuenta de que tu grupo cotidiano de amigos y familiares ha ido disminuyendo; en algunos casos de forma estrepitosa y en otros más lentamente. A mí nunca me ha sorprendido ni afectado demasiado, porque yo mismo he sido de los que a veces se distancian. Lo veo como un proceso natural en el “tren de la vida”.

Recuerdo con nostalgia mi niñez en una casa llena de gente, mayormente familia. La hora del almuerzo era una pequeña fiesta; el café de las tres de la tarde, un evento; y la cena, un auténtico fiestón. Aunque se tenía poco, se disfrutaba mucho, y creo que gran parte de esa felicidad venía de la convivencia con tantas personas.

Durante mis años de casado, el ritmo fue similar: reuniones constantes, visitas mutuas con un amplio grupo de amigos y cenas frecuentes en restaurantes. Sin embargo, a medida que nuestros hijos crecieron, el tren de nuestra vida cambió de carril. Sus necesidades y rumbos empezaron a dirigir los nuestros, algo totalmente normal en el ciclo vital. Así, nos fuimos alejando de ciertas actividades, aunque persistía un patrón de selección mutua: un grupo reducido de amistades con las que nos seguíamos reuniendo, aunque con menos frecuencia. Muchas veces justificábamos las ausencias ajenas diciendo: “No los hemos visto, deben estar pasando por lo mismo que nosotros”.

Al llegar a la tercera edad …¡y qué rápido llega!… es cuando realmente se puede sentir la soledad. Las fiestas ya no son tan frecuentes y las visitas de aquellos conocidos con quienes compartiste tanto empiezan a escasear. Es en esta etapa donde comprendes la diferencia entre “conocidos” y “amigos de verdad”. Notarás que todavía queda un pequeño grupo que te ha seguido casi toda la vida; esos que te llaman, te visitan y te ofrecen ayuda incondicional.

Desgraciadamente, hay personas en esta etapa que no reciben visita de nadie. Ante esto, cabe preguntarse: ¿Los abandonaron sus amigos, o fueron ellos quienes abandonaron a los demás primero? Como decía mi madre: “Las amistades genuinas y los buenos vecinos son los que te darán la mano incondicionalmente, a veces incluso más que un familiar”. Por eso, es vital que cultivar la amistad sea parte de nuestro “Plan A” de vida.

El desafío de la madurez

En la juventud, las relaciones suelen darse por proximidad: el estudio, el gimnasio, el barrio. Pero al desaparecer esas estructuras y llegar la jubilación, las responsabilidades familiares o los problemas de salud, el aislamiento acecha. Si a pesar de estos factores la amistad se mantiene, es porque ambas partes han decidido activamente conservarla. La psicóloga de Stanford, Laura Carstensen, explica que, al percibir el tiempo como algo limitado, empezamos a priorizar a las personas que nos brindan una carga emocional positiva.

Conservar las amistades en la vejez es una inversión en salud física y emocional. Ayuda a reducir el riesgo de depresión, fortalece la memoria y mantiene viva la alegría. El enfoque ya no es la cantidad, sino la calidad y profundidad de la conexión.

Consejos para un cultivo activo:

  • Hacerlo parte de la rutina: La socialización no debe ser algo secundario. Hay que planificar llamadas, visitas o actividades periódicas.
  • Reciprocidad: Las amistades saludables requieren dar y recibir. Apoya a tus amigos y permite que ellos te apoyen a ti.
  • Cercanía física: Siempre que sea posible, compartir actividades como caminar o hacer ejercicio es la mejor forma de cuidar la salud y el vínculo al mismo tiempo.

Y tú, ¿cómo vas con tu grupo de amistades?

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