Por: Tele Figueroa
12 de Abril de 2026

Introducción: Jamás había leído tantas versiones sobre el verdadero origen y paradero de la protagonista de “Linda”, esa joya de don Pedro Flores que Daniel Santos, el “Inquieto Anacobero”, inmortalizó. Muchos daban por hecho que la historia de amor era del cantante, pero la realidad es que hubo dos “Lindas” en esta trama: la musa platónica del compositor y la compañera tormentosa del intérprete.
La Linda dominicana de don Pedro Durante un tiempo, el maestro Pedro Flores vivió en Santo Domingo. Una tarde, paseando por un boulevard frente al mar, quedó prendado de una joven de belleza espectacular que caminaba bajo la mirada vigilante de una chaperona gruñona. El viejo Pedro, con esa labia de poeta, logró establecer conversación y, tarde tras tarde, nació una amistad que él … en sus delirios de eterno enamorado… convirtió en propuesta de noviazgo.
Tenía el plan de fugarse con ella a Nueva York, a pesar de que él le llevaba 50 años de diferencia. Pero el destino tenía otros planes. Un domingo, tras esperarla en vano en su banquito bajo un bucare, Pedro fue a buscarla a su casa. Allí, la chaperona le soltó la noticia: los padres, temiendo una locura, la habían enviado a Filadelfia. Con el alma rota, Flores escribió los versos que hoy todos conocemos:
“Yo no he visto a Linda, parece mentira. Tantas esperanzas que en su amor cifré… No le ha escrito a nadie, no dejó una huella… nadie sabe de ella desde que se fue”.
Aquel “loco frenesí” terminó en leyenda. Se dice que Linda se metió a monja en Colombia, pero su nombre quedó en el lenguaje del pueblo: los maridos la mencionaban si el almuerzo no estaba listo y los obreros la usaban para hablar de cobrar: “¡Primero tengo que ver a Linda!”.
Daniel Santos y su propia “Linda” Años después, la canción cobró una nueva dimensión en la voz de Daniel Santos. Lo curioso es que el destino unió a estos dos grandes casi por azar: en 1938, don Pedro escuchó a un joven Daniel cantar en un casino de Manhattan y quedó tan impactado por su estilo que lo invitó de inmediato a su Cuarteto Flores.
Pero Daniel también tenía su propia “Linda”. No era una joven de boulevard, sino una mujer que conoció en un prostíbulo de Nueva York. Con ella mantuvo una relación tormentosa y apasionada que duró 20 años. Dicen que era una relación tan brava que, en una presentación en Chicago, ¡terminaron a pastelazo limpio en pleno escenario! A pesar de todo, esa Linda lo acompañó de alguna forma hasta el final.
El peso de la nostalgia: El vodka y “Despedida” Para entender la intensidad de Daniel Santos, hay que recordar su sensibilidad. Se cuenta que cuando fue a grabar “Despedida” (otra composición de Flores sobre la tristeza de dejar el hogar), el cantante no podía contener el llanto. Al llegar a la estrofa donde menciona a su “mamá”, el nudo en la garganta le impedía seguir. Tuvo que recurrir a un litro de vodka para adormecer el dolor y, entre tragos y lágrimas, apenas logró terminar la sesión.
Esa misma canción fue prohibida en la radio en 1941; decían que era tan triste que desmoralizaba a los reclutas puertorriqueños que partían a la Segunda Guerra Mundial. Irónicamente, el propio Daniel terminó siendo reclutado poco después.
Cierre: Hoy, en el cementerio de San Juan, don Pedro y Daniel descansan muy cerca el uno del otro. Quizás, en el silencio de la noche, todavía se escuchan sus voces discutiendo sobre cuál de las dos Lindas fue la que realmente inspiró ese sentimiento que, casi un siglo después, nos sigue apretando el corazón.
Nota de agradecimiento: Esta nota no estaría completa sin agradecer a Pedro Morales, gran amigo y conocedor de nuestra música de antaño en el área de MD. Gracias, Pedro, por aquel artículo sobre Linda que sirvió de chispa para redactar esta breve historia del olvido.
Leave a comment