El Despiste Más Tierno de la Pascua

Por: Tele Figueroa

6 de Abril de 2026

¡Feliz Domingo de Resurrección!

Ayer la parroquia de Santa Theresa, aquí en Sugar Land, Texas, estaba de bote en bote. Había gente hasta en los pasillos exteriores, pero el verdadero milagro de la mañana no ocurrió en el altar, sino justo a mi diestra. Les cuento lo que me tocó presenciar con esta pareja de “Senior Citizens” que me puso el corazón a mil.

Resulta que estos dos campeones, ya con sus años a cuestas, entraron a la iglesia haciendo un esfuerzo tremendo. Recorrieron medio pasillo y solo encontraron un asiento vacío. Pero el amor no sabe de comodidades separadas: a los pocos minutos, él la ayudó a levantarse y retrocedieron buscando un rincón donde cupieran los dos. La Providencia hizo lo suyo, y una pareja joven les cedió sus sillas justo frente a mí. Verlos caminar era un poema; no se sabía quién ayudaba a quién, pero iban como un solo bloque.

Llegó el momento de la colecta y el caballero, con un espíritu de servicio envidiable, se levantó para ayudar a los ujieres. Cuando terminó la faena y entregó lo recaudado en el fondo del templo, emprendió el regreso… pero se le cruzaron los cables.

Pasó frente a nosotros con la mirada perdida, directo al final del pasillo. Yo lo observaba pensando que tenía algún otro trámite pendiente, pero no. Al llegar al fondo, empezó a gesticular con una cara de preocupación que me partió el alma; le preguntaba a los de los bancos traseros: “¿Dónde está mi esposa?”.

Ella y yo lo mirábamos desde nuestro sitio. Antes de que yo pudiera saltar al rescate, ella empezó a agitar las manos como si estuviera guiando un avión a la pista de aterrizaje, hasta que él la divisó.

Lo que vino después fue lo que me dejó sin palabras. Al llegar a su lado, el hombre, visiblemente afligido, casi le susurró: “Por un momento olvidé dónde estábamos sentados… Perdóname”. Se miraron, intercambiaron una sonrisa de esas que solo se entienden después de décadas de camino juntos, y el mundo volvió a su eje.

No lloré porque saqué valor de quién sabe dónde, pero los miré con una expresión de: “Tranquilos, que yo los entiendo perfectamente”.

Me quedé con una alegría inmensa y dándole gracias al Todopoderoso por dejarme ver de cerca cómo evoluciona la vida. Al final del día, lo que importa es que, aunque el camino se ponga borroso, siempre aparezca la persona correcta para indicarte el rumbo a casa.

No sé quiénes eran, pero desde aquí les envío una lluvia de bendiciones.


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