
Crecí en un ambiente feliz y humilde, rodeado de mucha familia y amigos. Por ser el último de tres hermanos, mi madre y mi hermana desarrollaron —creo yo— un cariño especial por mí; era algo único. O tal vez fue porque por poco no nazco, pues había una diferencia de ocho años entre mi hermano más cercano y yo. ¿Habré sido producto de un “accidente”? ¡Y no precisamente de automovilismo!
El punto es que, luego de escuchar al Pastor Dante Gebel en uno de sus videos, recordé e hice comparaciones de aquella época de jovenzuelo (teenager) con lo que soy ahora: un elegante jubilado, pero no retirado.
Recuerdo que algunas personas le decían a mi mamá: “Doña María, cámbiele el tipo de alimentación o llévelo al médico”. Mis amigos me llamaban “Junior el Flaco”. Yo me podía comer un lechón embarrado en mantequilla y lo que pasaba era que rebajaba. Entiendo ahora que los jóvenes van más seguido al baño, cosa que no sucede con los adultos. La cuestión es que mi barriguita, mis brazos y mis muslos gozaban de una estupenda paz; no ganaba peso para nada. ¡Cómo añoro esos días en que adelgazaba fácil! ¿Y ahora?
Como les conté anteriormente, mi casa era muy concurrida. Recuerdo claramente cómo me extrañaban (y no por burla) las manos de mi madre. Eran bellas y, a la vez, gruesas. Me llamaban la atención unas pequeñas manchas oscuras que tenía desde la mano hasta el antebrazo; si se golpeaba fuerte, se le formaba una mancha roja un poquito más grande.
También me reía cuando me llamaba nombrando a todos mis hermanos antes de dar con mi nombre. Me extrañaba que, al salir, revisaba todas las cerraduras y candados varias veces: iba y volvía. Pero lo que más me preocupaba era cuando llegaba a la cocina y la escuchaba decir: “¿Y qué era lo que yo venía a hacer aquí?”.
En aquel entonces, yo juraba: “Ah, eso no me va a suceder a mí”.
Nada más lejos de la verdad. Un día desperté, me senté en la terraza con mi café (descafeinado) mañanero y, al mirarme las manos y los brazos detenidamente, no pude más que decirme: “¿Cuándo vino mi mamá y me cambió mis manos y brazos por los suyos? ¿Por qué no la vi?”. Me hubiera gustado conversar con ella aunque fueran unos minutos. Lloré por un buen rato, pero de alegría. Ahora tengo exactamente sus manos. Y parece que aquel dolorcito de tobillo del que ella se quejaba… con orgullo lo tengo también.
Y ya para terminar (casi), hace poco me levanté del sillón para buscar algo en el cuarto. Cuando llegué, no se me ocurrió otra cosa que primero llorar y luego reír a carcajadas: “¿Qué rayos vine yo a buscar aquí?”, me dije. Esa era su famosa frase cuando le sucedía ¿Será la Ley de Murphy? No, no creo que aplique aquí… ¿o sí?
Debemos mantener la alegría y el orgullo de haber tenido unos padres excepcionales. Si hoy tuviera que escoger, los volvería a abrazar con inmenso cariño y les diría: “Bienvenidos otra vez a mi vida”. Y terminaría pidiéndoles: “¿Se pueden quedar conmigo esta vez un rato más?”. 😢
PD: Luego les digo cuál era el párrafo final de este artículo, porque se me olvidó. 😂

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