
Mi perro es un Maltipoo de raza, se llama Versace y es más fino que el coral… o eso creía yo.
Resulta que para Navidad lo dejé en un hotel de lujo, el “Dogs Care Hotel”. Pero cometí el error de no avisarles que Versace, aunque tiene nombre de diseñador, tiene alma de pirata.
Me llamó el gerente indignado:
- Dice que Versace se escapó de la suite para irse de parranda con una Maltese llamada Andreina.
- Se metieron al pub del hotel y me cargaron una cuenta de “Puppy Lattes” y galletas artesanales a mi tarjeta de crédito.
- Y para colmo, se agarró a mordiscos con el ex de Andreina, destrozó el lobby y la factura de los daños es más larga que su pedigree.
Ahora lo tengo castigado viendo maratones de Juego de Tronos para que vea lo que les pasa a los que se creen reyes.
¿Mi consejo para la próxima vez que viaje? No lo voy a llevar a un hotel de perros… lo voy a llevar a una rehabilitación de marcas, porque el perro ya no quiere comida normal, ¡ahora solo quiere purina de Gucci y que lo saquen a pasear en un Ferrari!
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