
Después de ver esos espectáculos tan impresionantes aquí en Houston, donde reemplazan los fuegos artificiales con luces en el cielo, me picó la curiosidad. Como yo ya tenía en casa dos drones que nunca había usado, me di a la tarea de experimentar con ellos; después de todo, para mí esto de la tecnología de vuelo era algo totalmente nuevo.
Me puse manos a la obra con toda la seriedad del mundo. Los saqué al patio y empecé a inspeccionar su diseño cilíndrico. Lo primero que me frustró fue que no les veía las hélices por ningún lado. Pensé: “Bueno, debe ser tecnología de propulsión oculta, algo bien moderno”.
Incluso, con mi mentalidad de radioaficionado, me tiré al piso para buscarles el motor o las turbinas por debajo, pensando que quizás despegaban como los cohetes de la NASA. Pero nada, lo único que tenían abajo era un borde de metal reforzado y un poco de tierra. Intenté buscarles el puerto de carga o el botón de “Pairing” para conectarlos al celular, pero esos modelos venían bien minimalistas.
Por más que los puse en posición de despegue y esperé a que las leyes de la física hicieran lo suyo, no se movieron ni un centímetro. Son exageradamente pesados; yo no sé qué aleación de metal usan ahora, pero es densa de verdad.
Al final, me rendí. Me di cuenta de que estos modelos deben ser de una categoría “estacionaria” que todavía no domino. Para no tenerlos allí estorbando, decidí darles un uso práctico: a uno lo llené de basura y el otro lo puse a recoger agua de lluvia. Sigo sin entender cómo hacen en los espectáculos para que esos armastrotes de 55 galones se queden suspendidos en el aire sin motores visibles. ¡La ingeniería de hoy día es un misterio! 😂😂😂
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