El Callejón del Paradise-Rio Piedras

Esta historia me la contó un buen amigo con un lujo de detalles impresionante. Yo se las paso tal cual, porque aunque el final me dejó con un sabor agridulce y un poco de molestia, es un suceso del que pocos salen airosos.

Verano de 1961. Mi amigo tomaba un curso intensivo de Cálculo en la UPR de Río Piedras. Se hospedaba en Santa Rita, y su novia, para estar cerca de él, se quedaba en casa de una tía en Fairview. Los sábados tenían un ritual: ir a un pequeño “pub” bohemio, de esos de poetas y trovadores, justo detrás del antiguo edificio de Ciencias Naturales.

Aquella noche se sentaron, como siempre, en la mesa frente a la puerta. Al lado, un hombre de unos cuarenta años, solitario y visiblemente pasado de tragos, no dejaba de lanzar piropos pesados a la novia. Mi amigo, ya harto, le advirtió que se controlara. El tipo, envalentonado por el alcohol, se levantó para empujarlo, pero mi amigo esquivó el golpe con tal agilidad que el borracho terminó dándose de cabeza contra la pared.

Al intentar ayudarlo a levantarse, mi amigo vio el brillo del acero en la cintura: un revólver.

“Me la vas a pagar”— gritó el hombre desde el suelo, forcejeando con el arma.

El pánico se apoderó de la pareja. Salieron disparados del pub, cruzaron la Ponce de León y corrieron por la avenida hasta el antiguo Cine Paradise. Desesperados, se metieron por un callejón estrecho que servía de atajo hacia Santa Rita, pero al llegar al fondo… la pesadilla: el paso estaba clausurado por una construcción. Estaban atrapados.

Al girarse, vieron la silueta del hombre entrando al callejón, revólver en mano.

“Los voy a matar a los dos”— sentenció con voz ronca.

Mi amigo se puso frente a su novia, cubriéndola con el cuerpo, esperando el estallido final. En ese punto de la narración, no pude aguantarme e interrumpí a mi amigo:

“Oye, pero si me lo estás contando ahora es obvio que se salvaron. ¿Qué pasó? ¿Se trabó el arma? ¿Llegó la policía?”

Mi amigo me miró muy serio, casi pálido, y me dijo:

“Fue un milagro, de verdad. El tipo estaba a tres pasos. Le brillaban los ojos con un odio asesino. Una neblina blanca y espesa empezó a bajar por las paredes del callejón y yo solo pude cerrar los ojos y decir: ‘Adiós, mundo cruel’… Y justo en ese instante, ocurrió el prodigio.”

“¿Qué pasó?”— pregunté ansioso.

“Que me desperté.”

(¡A mí también me dejó molesto cuando me lo contó! Pero hay que admitir que me tuvo en vilo hasta el último segundo 😂).

Leave a comment