
En una reciente y extensa “frecuencia telefónica” con mi viejo colega de mil batallas, Ambrosio Fritura, terminamos sintonizando el canal de los recuerdos. Entre anécdota y anécdota, la pregunta obligada fue por su hermana, Macaria. A “Maca” la conocí en aquellas tertulias inolvidables en su casa de Corral Viejo, donde el tiempo se detenía entre boleros, análisis musicales y el aroma del café.
Macaria no solo era la hermana; fue la brújula y el puerto seguro de Ambrosio desde que Doña Sylvina Becerra partió hacia el silencio eterno cuando apenas eran unos jovencitos de quince años. Doña Sylvina, que en paz descanse, era de las Becerras de pura cepa, orgullosa de su estirpe en el este y siempre con el lema en los labios: “Yo soy de las Becerras del Corral”.
Cuando le pregunté por la familia, Ambrosio soltó un suspiro que casi se escuchó en estéreo: — “Torcuato está bien, allá por el barrio El Saco, cerca de la base militar. Pero a Maca… a Maca casi ni la visito”.
Ante mi asombro, me soltó el reporte de daños: — “Es que nada más cruzo la puerta y empieza el monitoreo: ‘¿Qué camisa tan fea es esa?’, ‘Esos zapatos parece que los mordió un perro’, ‘¿Y esas camisetas percudidas? ¡A la basura!’. Me mira el pantalón rojo con un desprecio… y para colmo me suelta: ‘Oye, estás pelú, camina derecho que se te están cayendo los calzones’. ¡Imagínate! Alguien muy cercano jura que una vez me fui al gimnasio en puros boxers. No, no puedo con ella”.
Yo me reí, pero con esa sabiduría que dan los años y los kilómetros recorridos. Le dije: — “Ambrosio, cuando te haga eso, visítala más seguido. Eso no es crítica, es una bendición. Es el amor de Doña Sylvina manifestándose a través de ella. Si alguien se toma la molestia de fiscalizarte el inventario, es porque te quiere en alta fidelidad”.
Y le confesé mi propia realidad: — “Mira, a mí me pasa igual. Mi hija mayor me hace una inspección tipo FEMA o de Control de Calidad cada vez que me ve. Yo ya espero el operativo. Camisas que conservo desde la secundaria me las arrebata y terminan en el vertedero. Mis medias, que originalmente eran blancas y ahora son de un gris incierto, desaparecen en el silencio de la noche como por arte de magia. Y si se le suma mi nieta, ¡ahí sí que me parten por el medio!”.
¿Y qué hago yo? Le doy gracias al Todopoderoso. Tener a los hijos cerca, unidos y preocupados por uno, es el mejor premio a estas alturas del partido. No me molesta; al contrario, me infla el pecho de orgullo.
— “Así que, Ambrosio —concluí—, arranca hoy mismo, visita a tu hermana ‘la Becerra’, dale un abrazo de esos que rompen costillas y agradece que te quiera tanto. Aprovecha esos momentos, porque cuando se esfuman, el silencio sí que pesa”.
PD: Cualquier semejanza con personajes de la vida real… es que probablemente estamos sintonizando la misma antena. 😂😂
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