
Buena noches, Telesforo…aceptaría su invitación a bailar, siempre y cuando mi amiga y compañera de trabajo, tu prometida, lo apruebe.
¿Qué es eso de la Ley de Murphy?
La Ley de Murphy es ese principio empírico que dicta con una sonrisa burlona: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. No es una ley científica, sino un adagio popular que nos recuerda que los contratiempos, más que accidentes, parecen inevitables.
El nombre proviene de Edward A. Murphy Jr., un ingeniero aeroespacial estadounidense. En 1949, tras un error de instalación en un experimento de la Fuerza Aérea sobre resistencia humana, exclamó: “Si hay una manera de hacerlo mal, alguien lo hará”. Desde entonces, su apellido quedó ligado a la ironía del desorden y a esa tendencia casi mágica de los sistemas —y de la vida— a fallar en el momento más inoportuno.
Todos conocemos sus ejemplos clásicos:
- La tostada siempre cae por el lado de la mantequilla.
- Si lavas el coche, lloverá antes de que llegues a casa.
- El objeto que buscas aparece justo el día después de haber comprado uno nuevo.
Mi encuentro personal con Murphy en “El Castillo”
A lo largo de los años, la Ley de Murphy ha sido protagonista en mi vida en varias ocasiones. Pero hay una que guardo con especial cuidado, porque aunque hoy parezca un chiste, en su momento fue un “trágame tierra” de proporciones épicas.
Sucedió en mis tiempos de juventud en Ponce. Ya estaba yo comprometido para casarme, pero decidí tomarme un sábado en la noche para visitar El Castillo, aquel pilar del “jangueo” elegante en la Ciudad Señorial antes de que existiera La Guancha.
El salón estaba animado. Había unas quince mesas ocupadas por jovencitas dispuestas a disfrutar de la música y el baile. Yo, sintiéndome audaz, decidí seleccionar una mesa al azar. Pude haber elegido cualquiera de las otras catorce, pero el dedo del destino (o de Murphy) me señaló una donde se encontraba una chica alta, de cabello rubio claro y sonrisa acogedora.
Me acerqué con mi mejor cortesía y la invité a bailar. Su respuesta me dejó de una pieza:
“Buenas noches, Telesforo”.
Me sorprendió que supiera mi nombre de entrada. Me pidió que me sentara un momento y, con una calma que me heló la sangre, añadió:
“Yo estoy dispuesta a bailar con usted… siempre y cuando Elvia lo apruebe”.
¡Resulta que de todo el salón, fui a escoger la mesa de una maestra que era compañera de trabajo de mi prometida! Ya me había conocido en una actividad escolar donde yo había acompañado a Elvia, pero mi memoria no había sido tan eficiente como la suya.
¿Díganme ustedes si aplica o no la Ley de Murphy? De quince mesas, elegí la única que tenía conexión directa con el “cuartel general” de mi futura esposa. Sobra decir que esa noche no bailé…por si las moscas.
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