Humor Ligero
Lo más probable es que la siguiente narración no reciba de ustedes el mismo sentido de veracidad que le han dado a mis historias anteriores.
Yo uso en mi teléfono celular, en la parte posterior, un anillo imantado bien fuerte. Me permite pegar el teléfono a algo de metal cuando necesito que permanezca fijo. En ocasiones me da mucho trabajo sacarlo cuando lo pongo a cargar, pues, créanme, se adhiere de una manera que parece que estuviera ahí permanentemente.
Anoche, después de nuestra magnífica cena de Acción de Gracias, le removí el magneto a mi teléfono y, por despiste, lo dejé en la mesa del comedor. De alguna manera nuestro perrito, Dino, lo capturó y estuvo toda la noche masticándolo, como suele hacer con papeles, cartón, zapatos y casi todo lo que encuentra en el piso.
Esta mañana encontramos a Dino corriendo despavorido por toda la casa con el envase de su comida —uno pequeño, de metal, en la boca. Pensamos que estaba jugueteando como de costumbre cuando nos ve, pero, contrario a otras veces, no soltaba el envase metálico. Por fin lo agarramos e intentamos quitárselo, pero por más que tratamos, no pudimos.
Fue entonces que llamamos al veterinario. Luego de explicarle lo sucedido, nos informó que no nos preocupáramos, pues ha tenido un sinnúmero de casos similares.
Su diagnóstico fue sencillo y casi imposible de creer: dientes imantados por masticar el anillo de mi celular. El plato de metal lo tendría adherido a la boca por no menos de seis horas. Y agregó que habíamos tenido mucha suerte de que no se hubiera tragado el magneto, porque entonces su cuerpecito estaría pegado a alguna plancha de metal por no menos de una semana.
Increíble, ¿no?

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